viernes, 20 de julio de 2012

Desierto de la Tatacoa


Primero toca decir que la Tatacoa (nombre dado por los españoles en referencia a una serpiente local similar a la cascabel), no es un desierto en sí, sino que es un bosque tropical seco. Pero de igual forma, es una tierra árida como pocas en Colombia, no en vano lleva el sobrenombre de "el valle de las tristezas".  Terreno seco, de color rojizo y gris y una cantidad considerable de cactus y matorrales espinosos le dan al lugar un aspecto muy atractivo para la vista y si se lleva bien el tema del calor, puede ser una experiencia muy agradable para una escapada, ya que además cuenta con una reserva muy importante de fósiles.
Tras salir de Neiva el Domingo al atardecer, nos dirigimos rumbo al desierto, sin saber muy bien el rumbo, pero con la decisión de acampar una noche allá. Preguntando nos dieron la indicaciones para llegar a Villavieja, el pueblo más cercano a la entrada del desierto y capital nacional de la astronomía y la paleontología. EL pueblo es bien pequeño pero guarda mucha historia en su ser. primera capital del departamento del Huila, fue escenario de muchos enfrentamientos entre españoles y muchos de los indígenas del sector. Hoy día vive de la agricultura y el turismo básicamente.
Al igual que en Neiva, el pueblo nos recibió, ya de noche, en plenas fiestas. Pero pasamos de largo y nos dirigimos hacia el observatorio astronómico, junto al cual teníamos planeado acampar.

Es importante decir, que en esta región, el tema de las distancias y tiempos no es muy preciso y hay que tener la paciencia para esperarse lo mejor y lo peor. Le pueden indicar que tal lugar está a 1km = 20 minutos en coche, o a 500 m = 1.5 km etc... No pasa siempre, pero es un detalle a tener en cuenta.
Llegados al observatorio, nos indicaron de un buen lugar para acampar, donde la señora Elvira Cleves, familiar de la ilustre Rosalina "reina de la Tatacoa", venerable anciana de más de 90 años ( ya fallecida) y conocida en todo el país.
Nos recibieron con toda la amabilidad del mundo y en vez de acampar, nos quedamos en una pequeña pero acogedora posada propiedad de la familia. Y la cena. Que decir de la cena. Un gran plato de carne de chivo (cabrito) para chuparse los dedos, literal. Y un jugo de chulupa, fruto similar a la maracuyá pero de sabor más cercano a la granadilla. Simplemente delicioso todo lo servido por la señora.
Como nota decir que en los locales y puestos de comida, bebida y hospedaje de tatacoa y Villavieja, los precios no están "inflados" como en la mayoría de sitios turísticos. Precios exactamente iguales a cualquier otro lugar del país. Buen detalle y consideración hacia el turista, ya que estoy seguro de que venderían lo mismo, siendo más caros ( por ejemplo con el agua).
Después de la cena, alistamos las cosas en la posada y salimos a caminar por la zona del observatorio. A pesar de estar el cielo nublado, pudimos ver la luna llena que brillaba por esas fechas y alguna que otra estrella, en la templada noche desértica.









Vuelta a descansar para al día siguiente visitar en condiciones el desierto.
Un poco más tarde de lo planeado nos levantamos y dimos cuenta de un desayuno para quitar el hambre para un mes. Huevos, arepas, caldo, pan y chocolate para empezar un día como debe ser.
Ya como en estomago lleno salimos nuevamente hacia el observatorio, donde hay una "entrada" al desierto.
El desierto como tal es un cúmulo de arcilla con formas diversas debido a la erosión de millones de años, no en vano, este paraje fui muy similar a la amazonia actual hace miles de años.
Bajamos por una cuesta y caminamos por los "ríos" secos que sirven de camino para inspeccionar la zona. Sin guía de ninguna clase nos adentramos tierra adentro cual exploradores, pero el calor nos puso en nuestro lugar. No se puede tomar a broma este sitio, a pesar de tener referencias visuales concretas lo que permite ubicarse rápido. Nos ubicamos rápido entonces, pero no así llegamos más rápido. En mitad de ese pequeño laberinto, terminamos sobre un cerro del cual bajar fue una aventura. Pero logramos salir más o menos rápido y sin bajas en el equipo, lo cual es buena señal. Vuelta al mirador del observatorio para refrescarnos un poco después de la larga caminata bajo el sol ( con el cual, por fin, NO me quemé).
Tras la visita al desierto, no teníamos mucha hambre, por lo que regresamos a la posada a refrescarnos y conversar un rato, tras lo cual fuimos de visita al pueblo de Villavieja, ya más tranquilo después de la fiesta. 
Pueblo pequeño, con partes coloniales muy bonitas pero no muy bien conservadas. Dimos un pequeño paseo y volvimos a tomar un jugo de chulupa a la sombra de una de las calles principales.
Y de nuevo, vuelta hacia el desierto , donde en una esquina del camino habíamos visto un cartel que decía "piscina". Muy tentador para nosotros. Dicho y echo, nos plantamos en la entrada de la piscina, en la cual solo nos dejaron una hora de baño, porque ya estaban por cerrar. 
Curiosamente el agua estaba bastante fría, cosa que no impidió el chapuzón de rigor bajo la emergente luna llena. Un rato bajo el agua nos ayudó a refrescar los cuerpos que tras ese día bajo el sol, ya estaban bastante perjudicados.
Vuelta donde Elvira a degustar una vez más uno de sus platos, esta vez, chorizo, arroz, ensalada etc.. con la sazón propia de la señora que es toda una artista de los fogones.
Con el estomago lleno, nos acostamos fuera de la posada a mirar las nubes y las pocas estrellas que brillaban en la templada noche y así hasta que el sueño hizo acto de presencia.


4a.m. tocaba levantarse para salir hacia Bogotá, ya que al resto de compañeros de viaje les tocaba trabajar.
El regreso se hizo muy rápido hasta la entrada sur de la ciudad, Soacha, donde los habituales trancones de camiones, buses y demás vehículos hicieron más lento nuestro retorno.
Un paseo que recordaré como uno de los más positivos en colombia. Tras muchos inconvenientes con el Corsa, el clima y los taxis, llegamos a buen puerto y terminamos disfrutando de un lugar que puede llegar a ser mágico y donde la gente local, con su acento chistoso, nos recibió con todo el cariño que esta tierra acostumbra a brindar.
Mejorando las vías de acceso por la parte norte, sería una de las mejores escapadas de fin de semana para lo capitalinos.

lunes, 9 de julio de 2012

Neiva. San pedros, Fiestas folclóricas y reinado del Bambuco.

Escribo este post justo después de un largo viaje por carretera, cansado, medio sucio pero muy feliz tras un fin de semana largo y ajetreado.
Tenía unos diez días de vacaciones y pensé en salir para algún lado y tras un frustrado plan de viaje a Cartagena de Indias, me decidí a última hora pegarme al viaje a Neiva con unos amigos.
Viernes de madrugada, salimos desde las cercanias de la Universidad Nacional en un Corsa, dirección sur, dispuestos a evitar los embotellamientos de trafico mañaneros. Error! nada más llegar a la autopista sur, filas interminables de vehículos nos esperaban, todos en la misma dirección. Paciencia y buena música, no quedaba otro remedio más que eso.
Y en esa tónica avanzamos poco a poco hacia tierracaliente, desayuno en Silvania y paradas en el Espinal y finalmente Neiva, donde almorzamos en la plaza principal.
El plan inicial era quedarnos en un camping junto a un grupo de amigos, pero el camping quedaba en Riveras, un pueblo a unos 20 km de Neiva. Salimos hacia allí con la mejor energía, pero una vez más, la carretera nos puso dificultades. Concierto de Vicente Fernández en un costado de la vía a Riveras ocasionó un embotellamiento gigante, en el cual la policía poco podía hacer. Una espera y avance lentos nos desanimó a seguir hacia el camping por lo que paramos en otro camping diferente, más cerca de la ciudad. Aun así, lo peor es la falta de transporte público para llegar a Neiva. Supuestamente  hay buses que van y vienen desde Riveras a Neiva, pero por alguna razón no pasaba ninguno, y los taxis eran directamente un robo. Pero como había otra opción, nos tocó pagar el taxi cada vez que salíamos del camping.
El camping muy bonito, sencillo pero con unos dueños más que encantadores. Pusimos las tiendas de campaña junto a unos arboles y cerca de la piscina. Destacar del camping la cantidad de diferentes arboles frutales, desde el mango pasando por papaya, guanábana, pomarrosa... hasta la mandarina.













Después de descansar un poco y conversar con los dueños, salimos hacia Neiva para disfrutar de la noche de fiesta. 
Toda la zona del malecón, junto al río Magdalena, estaba llena de puestos de comida, cerveza, zonas de baile etc... y mucha gente al calor de la música y el calor, que ya a esa hora de la noche, no era tan sofocante. Pasamos unas horas por allá , dando vueltas y nos fuimos de vuelta al camping no muy tarde, ya que el día fue muy largo, con casi 10 horas en coche. 
Por la mañana temprano, baño en la piscina del camping y un rato de descanso junto a un desayuno gigante, nos dio fuerzas para regresar a la ciudad para arreglar un inconveniente que tuvimos con el coche. El Domingo por la mañana era el día grande en Neiva. Desfile de reinas de belleza, cabalgatas, carrozas etc... pero para cuando solucionamos el problema, solo alcanzamos a ver la cabalgata. 
A pesar de ser nacido y criado en un pueblo de "montaña" y estar acostumbrado a ver muchas ovejas, vacas, caballos etc... nunca en mi vida había visto tanto caballo junto. Por todo lo largo del malecón se juntan cientos de jinetes ( hombres, mujeres, abuelos...) a lomos de un caballo, con la cercana vigilancia de la policía montada de Neiva y como no, una cerveza en mano ( para mantener el equilibrio dicen !!).
Es una constante en esta fiesta, la cerveza y el aguardiente ( como en todas las fiestas del mundo), pero era curioso ver a gente caerse al suelo, y no soltar la lata de cerveza, así se lastimarán, la cerveza lo primero parecía ser la consigna.
Otro aspecto curioso de la cabalgata era ver a las señoritas, impecablemente vestidas y maquilladas, con escotes generosos, pantalones apretados y cintura de abeja, con su sombrero de vaquera ( o sombrero voltiao ). Es todo un honor para los habitantes de la zona salir en el desfile, y se muestran orgullosos de ello. Muy bonito. Una pena perdernos el desfile principal, pero bueno, otro año será.













Otro pequeño paseo por el centro de la ciudad y salimos de nuevo hacia el camping para alistar las cosas y salir hacia un nuevo destino, el desierto de la Tatacoa, sobre el cual hablaré en un siguiente post y en el cual disfrutamos de un paisaje increíble, una amabilidad fuera de lo común y buena compañía.
Antes de salir, agradecimos la buenísima atención brindada por toda la gente del camping, su ayuda para conseguir los mejores precios y recomendaciones de visitas.



En definitiva un paseo recomendable el de Neiva. Una ciudad que a pesar del calor es agradable de visitar, con gente simpática (a pesar de ser, en teoría, una ciudad peligrosa por el tema de robos), nos trataron muy bien y no tuvimos queja alguna, a excepción del tráfico, donde cada rato los demás coches te pitan. Bastante molesto, pero un mal menor. A 5 o 6 horas de Bogota, un buen destino para pasar un fin de semana o si se tiene más tiempo, como punto intermedio entre el desierto y el parque arqueológico de San Agustín, sobre el cual hablé en este POST.

lunes, 25 de junio de 2012

FACATATIVÁ


Una vez más, para salir del ajetreo diario de Bogotá y aprovechando uno de los numerosos puentes de los que se disfrutan en Colombia, cogí la mochila y me dirigí hacia un de los numerosos pueblos que rodean la capital del país, Facatativá.
Como parte de la sabana de Cundinamarca, Facatativá, con nombre “muisca”, es uno de los pueblos más grandes de la región, siempre a la sombra de la gran capital, pero que tiene en su ser uno de los parques arqueológicos más bonitos que conozco, el coloquialmente llamado “parque de las piedras del tunjo”.
Partiendo del portal de la 80 cogimos un bus dirección a Faca (como también se la conoce) y en una hora aproximadamente bajo un diluvio, llegamos a la plaza principal del pueblo.
Lo que más destaca en esta plaza es la catedral que lo preside todo. Una plaza limpia, con mucha gente de todo tipo de un lado para otro; vendedores ambulantes, niños jugando, ancianos sentados conversando y varios “skaters” dando saltos en las escaleras y muros de la plaza.




Alrededor de la misma es donde se mueve el negocio local. Infinidad de tiendas, cafeterías y restaurantes (de comida rápida la mayoría).  Para mi gusto el pueblo abusa de este tipo de comercio y se echa en falta, en vista de un turista potencial, algo más “típico”. Restaurantes más tradicionales, cafeterías entre otros. En esta parte del centro, abundan en cambio las tiendas de ropa, misceláneas, papelerías, asaderos de pollo…
Saliendo un poco del centro de la ciudad, como a media hora a pie, se llega a la entrada del parque arqueológico, al cual fuimos un domingo por la mañana.
Ya en las cercanías se pueden ver varios puestos de comida asada, donde con un par de sillas y mesas, se monta un pequeño restaurante callejero. Olor a carne, chorizo, pollo, papa criolla y a humo, mucho humo. Pero es bonito ver el ambiente dominguero de por aquí, que no se aleja mucho del resto de domingos sudamericanos. Paseos y almuerzos familiares, donde el protagonismo lo adquieren los niños de la familia, la comida, y según el caso, los abuelos.
La entrada al parque es bien sencilla. Una taquilla donde pagan por igual caminantes que los que van en coche, salvo la obvia excepción de los locales, que tiene entrada rebajada. Todo en el parque se ve muy natural. A los dos lados del camino asfaltado todo se ve verde. Arboles y hierba, piedras y rocas gigantes y no excesiva gente, lo cual hace del paseo algo agradable.
Ya desde el comienzo se pueden ver algunas de las pinturas rupestres que hacen de este parque lo que es. Pinturas en tonos ocre y rojizos que a pesar de los últimos esfuerzos de preservación, tienes el típico grafiti mal hecho que ensucia todo el conjunto. Una pena.
De todas formas el parque merece la pena para pasar un día de paseo. Dar una vuelta a todo el parque y terminar en el pequeño lago, donde además de los típicos barcos para alquilar, hay varios lugares donde tomar un café o comer algo, además de las parrillas para hacer asados.










De regreso a la ciudad, disfrutamos de un par de cervezas en un bar pequeño de las inmediaciones de la plaza, ya que a oscuras, no es muy aconsejable ponerse a buscar otros lugares que no sean reconocidos.
En resumen, la salida a Facatativá resultó ser una buena excusa para pasar un fin de semana largo. Aun pensando en encontrarme algo más tradicional, la ciudad me gustó y si se tiene tiempo y ganas, alrededor hay más pueblos, más pequeños pero tal vez con mayor encanto.